Cuando era chico me apasionaba leer los libros "Elige tu Propia Aventura". Era una serie de libros en los cuales el lector, o sea un gordito feliz y simpaticón como lo era yo a los once años, elegía el camino a seguir del protagonista de la historia entre dos o, en ocasiones, tres opciones que remataban la página al final de la misma. El éxito de estos libros residía en eludir los finales como si de un campo minado se tratara, intentando elegir siempre la opción que no desembocara en una muerte por desmembramiento o lobotomía del protagonista.
Por supuesto habían muchos avispados que especulaban con la opción que elegían y al llegar a la página atisbaban el final inminente en Arial Black tamaño 22, centrado y en Negrita, para reaccionar con una velocidad de las que sólo los cobardes son capaces de alcanzar. Acto seguido, manipulaban el destino del personaje cambiando la opción elegida para así mantener la historia viva una página más.
Curioso es el caso de gente que no entendía bien las reglas del libro y lo leía de corrido obteniendo resultados muy raros. Pasaban de la introducción del personaje, un muchacho alegre que viaja con un pastor alemán por verdes campos llenos de flores, a una segunda página en la que el protagonista sufría una muerte espantosa consumido por los jugos gástricos de una bestia alienígena o el perro acababa sodomizado por una jauría de hienas ante el estupor del lector: FIN.
Qué bonito sería, señoras y señores, poder elegir con tal facilidad los caminos a tomar. Más aún, qué maravilloso sería poder redimirse de los errores con un simple y fiel gesto de arrepentimiento y su posterior, literalmente hablando, vuelta de página. Imagínense esa habilidad llevada a cabo en el plano real, aplicada a la relación con su pareja, a la política exterior, al calentamiento global, etc.
Quizás sea por eso que ojeamos el primero de enero y nos entra terror en el trenta y uno a la noche porque, como decía Fernando Bravo entre lágrimas, se termina un ciclo. Todos estamos en este mismo juego esquivando el final como posesos sin darnos cuenta de que si ese libro nos enseñó algo, fue a no tomarnos este medio de locomoción moral en serio.
Probablemente sea hora de escribir nosotros mismos las páginas de nuestras propias aventuras y no depositarlas en los caprichos del año que viene. Que esta vez el desamor, la mala suerte y la tragedia sean los que huyan de nuestro glorioso final.
¡Feliz año a todos!
J. Lombardo
jueves, 31 de diciembre de 2009
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