jueves, 25 de febrero de 2010

Dulce Nostalgia

Anoche soñé con el panadero de mi barrio, el nunca bien ponderado Carlitos. Estaba de visita con mi hermano por Tablada y nos resultaba insultante no pasar a saludarle. Por casualidad onírica, amanecimos a cincuenta metros del local, promediaba alguna hora impar de la tarde y el clima pasaba desapercibido.

Entramos a saludar, Carlos nos recibió a ambos con un abrazo y una sonrisa incontenible. Al verle por primera vez noté que los años, nunca mejor dicho, le habían pasado factura. Facturas comimos, nomás, hambrientos de nostalgia ante los churros con azúcar y rellenos de dulce de leche que nos ofreció animosamente.

Pasó un rato largo que acortamos entre anécdotas por no perder la costumbre. Carlos nos contaba que el negocio le estaba yendo muy bien, mientras nos paseaba por el mismo exhibiendo un amplio comedor con sillas y mesas a modo de restaurante que había incluído al ampliar el local. Luego nos ofreció cenar con él y su esposa, a lo que mi hermano y yo accedimos. Nos ofreció de beber todo lo que había a disposición, a comer lo que quisiéramos. Nos trató con una sonrisa cándida y agradable en todo momento. Los cuatro cenamos y conversamos gustosamente en un ambiente de absurda bonanza sentimental.

En un momento de la conversación, la cual no sé recordar, Carlos hablaba de su matrimonio y de su visión del amor. En ese momento me sorprendí esgrimiendo una frase que dejó encantado al artesano. Me respondió al golpe de una sonrisa sincera, profunda, y a punto estuvo de hablar cuando empezó a sonar "Wonderland" de mi despertador.

En medio del letargo me encontré meditando semi despierto y me preguntaba por qué no mis seres queridos, por qué no mis amigos de la infancia y sí el panadero de la esquina. Por qué las facturas y recuerdos desconocidos y no el vendaval de reminiscencia que guardo en algún cajón de la memoria.


Algo me hizo repetir la frase que pronuncié en sueños: "las caricias no se deben planificar, uno debe sorprenderse a sí mismo haciéndolas". Por qué será, Buenos Aires, que siempre me hacés cosquillas allí donde bajo la guardia, cuando no me animo a recordarte, cuando no me canso de perderte.



J. Lombardo

jueves, 11 de febrero de 2010

Infancia (El Húngaro)

Cuando me pongo a pensar en mi infancia siempre me vienen a la mente los mismos recuerdos; no es mi primer beso, mi primer regalo ni cuándo fue que la perdí o cualquier etcétera que se quiera agregar, sino recuerdos de los juegos de la plaza, flanqueada por la iglesia y el colegio siempre verde mate, siempre igual. Hace no mucho volví a pasear mi memoria por las calles del barrio, a percibir los aromas que de pequeño me hacían sentir en casa.

Pasé por la esquina de mi antigua calle, donde estaba la panadería de Carlitos, que luego se hizo más grande a la par que él envejecía, después seguí el camino por Olleros, pasé delante de la casa del vecino que vivía detrás mío y al que tanta veces le colgaba (e inevitablemente hinchaba) las pelotas jugando en el fondo del jardín.

Me di la vuelta completa a la manzana y en repetidas ocasiones notaba que ciertas casas o locales se me hacían borrosos, mientras que otros rincones los mantenía más vívidos, incluso diferentes a lo que en realidad fueron, como la casa del vecino de al lado o el chico malo del barrio que vivía sobre Gascón, un tal "Peligro", el cual se me antoja uno de los peores sobrenombres que puede haber.

También había otros personajes del barrio, como la entrañable Pochola, abuela del barrio por excelencia, que vivía justo enfrente de mi casa, o la rubia Vanesa que un día llegó al barrio a encandilar tres cuartos de la población masculina y se marchó sin más. Incluso los mellizos adinerados que se orinaban en la cama en edad avanzada y el inolvidable borracho canoso que veía pasar religiosamente cada día hacia el bar de la esquina sobre las once de la mañana vestido siempre con una camisa blanca y regresar al atardecer con sobrecarga de alcohol en sangre y media camisa desabrochada. Pero el que más me impresionó de los personajes barriales fue el mítico vecino de la esquina.

Vivía en la esquina de mi calle, en una casa pobre, de ladrillos a la vista y pintura blanca con escritos en las paredes en aerosol. Tenía un portón verde sobre Guayaquil y sobre Gascón una ventana con una persiana que cuando no estaba del todo cerrada dejaba ver a través de unas cortinas grises una cama abandonada en una habitación lúgubre.

En aquella casa vivía una familia, si no recuerdo mal constaba del padre, el mismo que acentuaba mis pesadillas de noche, su mujer y tres o cuatro hijos. Uno de los hijos era Omar, un pibe cuatro o cinco años más grande que yo, luego su hermana que era casi de su misma edad, de unos ojos verdes místicos y reputación deteriorada. El o los otros hermanos eran pequeños, pero de ellos no guardo especiales recuerdos.

En el barrio se comentaba que aquel señor era albañil, carpintero, electricista y otro sinfín de profesiones; en mi cabeza era un asesino serial y un sádico. Muchas veces me soñé en interminables persecusiones intentando huir de aquel tipo, que a veces manejaba automóviles, otras veces un autobús amarillo tipo los escolares de las películas norteamericanas, pero siempre con el vil propósito de atropellarme, rematando la escena con una sonrisa enferma que le desfiguraba el rostro y una luz roja iluminándole desde abajo mientras yo me dejaba el alma corriendo sin avanzar un solo paso.

Recurrí a mis padres en muchas ocasiones para apaciguar mis miedos, mi vieja me decía que era un tipo honrado. Mi viejo, un tipo honrado, me decía que era un tipo humilde, lo cual no me hacía dormir tranquilo, es más, encajaba en el perfil de asesino que en mi cabeza maquinaba.
No me quedó otro remedio que aceptar que en mi misma calle vivía un criminal. Desde entonces cuando tenía que dirigirme a algún sitio y tenía que pasar por la puerta de su casa, tomaba el camino más largo y a veces daba la vuelta entera a la manzana para llegar a 20 metros de su casa, al quiosco de Celestino, el tano que vendía caramelos Fish a 5 centavos y tenía un fiat 600 amarillo abajo de una parra.

Cada vez se me hacía más complicado esquivarlo, ya que aparentemente había conseguido un trabajo en el barrio y pasaba seguido por la puerta de mi casa y yo entraba en un estado de shock terrible pensando que en cualquier momento, ante la inocencia de mis padres, aquel señor treparía las rejas de mi casa, se ganaría la confianza de mis progenitores para entrar en mi habitación y me desmembraría hasta la saciedad. Un día incluso tocó el timbre en casa y yo dejé de respirar hasta que mi vieja regresó de atenderlo con la excusa barata de que necesitaba alguna herramienta, seguramente algún elemento punzante con el cual apuñalar gente inocente.

Lo más curioso del caso es que ninguno de los niños del barrio compartía mi aversión, lo veían como el señor pobre del barrio y mis incontables esfuerzos por abrirles los ojos no surtían efecto. Me sentía solo, sabía que tarde o temprano llegaría mi hora a manos de un vecino del barrio al que todo el mundo defendía. Hasta que un fin de semana creí que había muerto, se había fugado o andaba perdido borracho hasta la saciedad ya que no lo veía hacía días, con lo cual decidí ir a comprar algo y pasé por la puerta de su casa.

Doblé la esquina y ahí estaba él, pintando la pared de su casa. Algo se apoderó de mí, un frío seco y penetrante corrió por mi espalda y me encontré absolutamente inmóvil ante el macabro vecino que se giró y me miró a los ojos con una sonrisa burlona y un déficit de dientes.
"Hola!" exclamó y siguió pintando, indiferente ante mi presencia.
Pasaron unos segundos en los que permanecí quieto. "¡Qué boludo!"
pensé yo, y seguí camino a comprar golosinas abandonando en esa esquina de Guayaquil y Gascón la infancia de mi niñez.


J. Lombardo

jueves, 31 de diciembre de 2009

Fin de Año (Nota del Editor)

Cuando era chico me apasionaba leer los libros "Elige tu Propia Aventura". Era una serie de libros en los cuales el lector, o sea un gordito feliz y simpaticón como lo era yo a los once años, elegía el camino a seguir del protagonista de la historia entre dos o, en ocasiones, tres opciones que remataban la página al final de la misma. El éxito de estos libros residía en eludir los finales como si de un campo minado se tratara, intentando elegir siempre la opción que no desembocara en una muerte por desmembramiento o lobotomía del protagonista.

Por supuesto habían muchos avispados que especulaban con la opción que elegían y al llegar a la página atisbaban el final inminente en Arial Black tamaño 22, centrado y en Negrita, para reaccionar con una velocidad de las que sólo los cobardes son capaces de alcanzar. Acto seguido, manipulaban el destino del personaje cambiando la opción elegida para así mantener la historia viva una página más.

Curioso es el caso de gente que no entendía bien las reglas del libro y lo leía de corrido obteniendo resultados muy raros. Pasaban de la introducción del personaje, un muchacho alegre que viaja con un pastor alemán por verdes campos llenos de flores, a una segunda página en la que el protagonista sufría una muerte espantosa consumido por los jugos gástricos de una bestia alienígena o el perro acababa sodomizado por una jauría de hienas ante el estupor del lector: FIN.

Qué bonito sería, señoras y señores, poder elegir con tal facilidad los caminos a tomar. Más aún, qué maravilloso sería poder redimirse de los errores con un simple y fiel gesto de arrepentimiento y su posterior, literalmente hablando, vuelta de página. Imagínense esa habilidad llevada a cabo en el plano real, aplicada a la relación con su pareja, a la política exterior, al calentamiento global, etc.

Quizás sea por eso que ojeamos el primero de enero y nos entra terror en el trenta y uno a la noche porque, como decía Fernando Bravo entre lágrimas, se termina un ciclo. Todos estamos en este mismo juego esquivando el final como posesos sin darnos cuenta de que si ese libro nos enseñó algo, fue a no tomarnos este medio de locomoción moral en serio.

Probablemente sea hora de escribir nosotros mismos las páginas de nuestras propias aventuras y no depositarlas en los caprichos del año que viene. Que esta vez el desamor, la mala suerte y la tragedia sean los que huyan de nuestro glorioso final.

¡Feliz año a todos!


J. Lombardo

martes, 29 de diciembre de 2009

Maldito Duende

Una vez tuve un sueño muy raro. Fue hace precisamente muchos años, cuando vivía en otro lugar, detalle que no tiene importancia. Generalmente la gente sueña con cosas que asocia a premoniciones, a miedos o a deseos frustrados, ya sea por intuición propia o por un copy-paste mental de Freud. No me arriesgo a clasificar el significado del sueño que voy a contarles por falta de interés y también, por qué no, por un cierto nivel de prudencia (léase miedo).

Era una excursión, yo estaba con un grupo de gente a la cual no prestaba especial atención aunque presentía una cierta complicidad, como si fueran parientes de rostros nublados. El lugar era muy raro, estaba en penumbras y la distancia de visión era muy corta ya que la oscuridad se tragaba todo a 10 metros a la redonda. Luego llegué a darme cuenta de que en la mayoría de mis sueños (pongamos un 94,3% periódico) sea cual sea el escenario, si bien cambiaba, la iluminación era la misma, como si tuviese un foco de luz pálida encima mío que me acompañaba de sueño en sueño resaltando al protagonista. O bien soy un poco Emo, como afirma Martín, o tengo que cambiar al encargado de luces.

El terreno era similar a una plantación y con el grupo de personas caminábamos entre pequeñas plantas enterradas en filas de tierra prolijamente separadas por un metro de nada. No me acuerdo qué era lo que estaba plantado, sólo recuerdo que era algo de color verde y poco tupido. No había un guía en el grupo, y si lo había no lo recuerdo, pero íbamos caminando por esa plantación y de repente aparece en escena un portal del estilo gótico con un ventanal enorme y me acerqué para verlo mejor.

Hastá ahí todo relativamente normal, ahora viene la parte bizarra; sobre la esquina derecha del ventanal se asomaba algo raro, como un pequeño chupacabras (descripción un poco inútil porque nadie sabe cómo es exactamente un chupacabras). Era pequeño, de mirada agresiva y estaba en cuclillas sobre el marco del ventanal mirándome fijamente. Salí cagando. No corrí, directamente desvié la mirada y regresé emocionalmente tocado al grupo de personas que no sospechó nada.

Entre el temor de volver a verlo y la desconfianza de mis sentidos, seguí caminando y más adelante, entre un par de plantas se volvió a asomar el pequeñín, esta vez de manera mucho mas turbia. Medía unos 40 centímetros, era verde y delgado, tenía el pelo erizado en mechones gordos, tipo Bart Simpson y una mirada de escándalo que remataba con dos ojos negros y profundos. No recuerdo qué vestía, aunque creo que llevaba algo de ropa, una pequeña mochila e iba montado en una patineta negra. El siniestro alter ego de Bart Simpson me miró estático y levantó un dedo acusador que apuntó hacia mí y comenzó a gritar repetidas veces: "cáncer de próstata! cáncer de próstata!".

Hay cosas muy jodidas que pueden soñarse desde caídas abruptas, para despertar con esa sensación de vértigo en los límites de la cama a punto de romperse uno el omóplato contra el suelo, o soñar con ser Superman, como mi tío Sabatino que apareció por mi casa de Buenos Aires la tarde de un domíngo a contar detalladamente cómo volaba sobre valles verdes del sur de Italia, el clásico del avión que se estrella o la caída libre interminable. Muchas cosas jodidas se pueden soñar, sí, pero que un duende verde en patineta te vaticine a gritos una enfermedad terminal es demasiado.

Si bien he soñado cosas que han llegado a cumplirse, nunca me fío porque no me desperté sudado como en las películas ni siquiera me desperté en ese momento, seguí soñando misceláneas durante toda la noche y recién horas después de haberme despertado recordé el sueño y se lo conté a mi hermano. Quién sabe qué otras cosas habré soñado sin recordar. Quizás en alguna hora errática de la madrugada todos hemos soñado con algún ser extrañamente familiar que nos pone una mano en el hombro y nos susurra "inmortalidad, inmortalidad" y aquí seguimos, muriendo como tontos.


J. Lombardo

lunes, 28 de diciembre de 2009

El Chico Karma (Extracto)

"De golpe se despertó. Dio media vuelta en el lugar y miró hacia las fotos colgadas sobre la pared, esos trozos de recuerdos que de alguna manera colgaban de aquel mural emulando algún tipo de sueño nunca concebido. Se limpió una gota que nació en su ojo izquierdo, se notaba ya que su sueño roto no traía más que nostalgias de algún tipo de soledad. Sobre su cabeza colgaba un cuadro algo borroso, y la ventana le daba un aspecto áspero y críptico a la habitación.
Miró a su costado buscando algún indicio de tiempo y espacio, era un horario poco familiar para su insomnio y para todo tipo de mal sueño.

Se inclinó nuevamente sobre su cama, dejándose llevar por las pocas ganas de seguir consciente mientras que por la ventana entraba una lágrima de luz que le humedeció el rostro dejando al descubierto una frágil y pálida expresión. Junto a la ventana yacía una pequeña mesa negra, una lámpara, un anillo y cantidad de monedas que nunca pensó usar. Les dio una escueta mirada y permaneció inmóvil durante horas. Ya no importaba el día o la noche, nunca importaron desde que dejaron de ser distintas para él.

En la oscuridad del cuarto se divisó un nuevo margen de luz por debajo de la puerta, sus ojos parecían cansados, y tan abiertos como dormidos se abalanzaron sobre el pequeño rasguño de luz. Se escucharon algunos pasos y conversaciones sordas y la luz se desvaneció nuevamente y así retornó su mirada hacia el techo, dejando a su imaginación como víctima de sus pensamientos.
De pronto recordó que en algún lugar de su memoria -su vasta y llana memoria- sus promesas permanecían latentes, siendo un síntoma claro de su cruel manía de enfermar las cosas. Y se dirigió hacia al suelo y enterrando la mano por algún lugar debajo del vientre del ya gastado nido, recuperó un recuerdo imborrable al que nunca supo enfrentar después de aquel día gris.

Su equilibrio mental estaba compuesto por varios factores etéreos, constituidos mayormente por recuerdos y aromas de alguna otra vida. El presagio de limitarse al presente solía ser algo que atentaba contra su ideología, su simple y tan elaborada ideología que tantas veces le salvó la vida. Cuando el miedo era tal que le brotaba por los ojos y no había espacio seguro para su frágil corazón, era en esos momentos en que su equilibrio entraba en juego. Remontándome en aquella noche, en el ícono de su soledad, recuperó aquel fragmento de humedad; un trozo de papel mojado, con una inscripción de algo que se parecía mucho a una carta o un vago poema.

Permaneció un largo rato leyendo o quizás simplemente identificando letras en el ebrio papel que enmudecía sus ojos y parecía entablar serias conversaciones con su desolado espíritu. La imagen en su rostro rendía culto a la confusión del momento. Levemente atormentado por algo que se le hacía difícil de aceptar, dejó caer una lágrima que derribó el papel clavándolo al suelo como una estaca y un silencio ensordecedor se apodero de su mirada...

Pasaron unas horas, las suficientes para no tener que contarlas, y el aire dejó de respirarse. Ya amanecía y la luz del sol fundía en oro la austera habitación dibujando estelas de luz en el aire. Se oía un tenue sonido atravesando el pasillo exterior. Sus ojos reclinaban sobre una almohada agitada por inmensas pesadillas, sus brazos colgaban de la cama sin tocar el suelo pendulando sobre el trozo de papel apuñalado por toneladas de la más vil melancolía. La habitación ya estaba muerta, tan muerta como el cadáver de su esperanza. "¿A dónde voy?"- murmuró la tragedia en sus labios.

Volvió a hundir el corazón en el mar de fuego por el cual navegan las más frías de las palabras. Derrumbados los sentidos, abierta una nueva visión, comenzar de nuevo es lo que el destino espera en este baile, ese al que todos llaman amor."


No se me ocurría otra manera de inaugurar el Blog que no sea la de publicar lo primero que me viene a la mente, lo primero que recuerdo haber escrito con un ínfimo gramo de sentido. A falta de barco, contra la mesita de luz estrello un sifón de soda -porque vino no me queda- y brindo por la borrachera de amor y su respectiva resaca sin fin.


Salut!


J. Lombardo